LA TRAGEDIA GRIEGA

Grecia tiene alma de tragedia. La crisis mundial, le ha pasado una amarga factura.  Su primer ministro, Papademos, acaba de reconocer su temor a un nuevo récord de deuda máxima, si no se aplican rigurosas  medidas de austeridad y sacrificio. La historia de la humanidad, la democracia universal, le debe mucho a la antigua Grecia. Pero no solo eso. El hombre y su destino le debe el gran momento histórico que llega con el nacimiento de la democracia ateniense. Democracia que sentó las bases de profundos cambios sociales. Los griegos llamaban tragedias a la representaciones teatrales de mitos o leyendas. En ellas se exponían todas las pasiones humanas: miedos,  ambiciones, fatalidades y osadías de los que pretendían rebelarse a su destino impuesto. “La Orestiada”, tragedia de Esquilo, es toda ella, un canto a la justicia: “No hay defensa para el hombre que ahíto de riqueza derriba con el pie el gran altar de la Justicia. Ello será su perdición”, nos dice el coro en “Agamenón”. Hoy los Esquilos y Euridices son banqueros, hombres de estado y  devotos de las altas finanzas. Ellos carecen de fervor poético. Su tragedia es el poder. El ansia de poder.

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