ELENA SORIANO: UNA VIDA DE LITERATURA. Mementos (3)

 UNA VIDA DE LITERATURA: ELENA SORIANO                                                                                                                                                            

Nos conocimos en su casa de la colonia de El Viso  de Madrid una tarde calurosa de junio del 87, previa cita telefónica. Su último trabajo literario, Testimonio materno, editado por Plaza y Janés un año antes figuraba en aquellos momentos como récord de ventas en las librerías, causando una fuerte conmoción dado que la sinopsis del mismo trataba del consumo de drogas y del fallecimiento por tal causa de su único hijo varón, Juanjo. Se llegaron a editar ocho ediciones de la obra en poco tiempo. Obra a la que ella negaba valor literario, puesto que se trataba de las confesiones de una madre desgarrada por la muerte -prefería decir suicidio- de su hijo. Elena Soriano, de ella se trata, había nacido en Fuentidueña de Tajo (Madrid, 1917) -aunque debido a la infancia mi sangre y temperamento eran de Córdoba-. Dejé escrito en su día que su recibimiento fue extremadamente  cercano, locuaz  y hasta confidente en ocasiones.  Nos habló de sus escritos y publicaciones, en ocasiones prohibidos y censurados. “Mi filiación ideológica antes, durante y después de la guerra civil, me colocó entre los perdedores (…)  Permanecí en el exilio interior durante bastante tiempo. Me inhabilitaron y discriminaron académica y profesionalmente (…) También sufrí censuras al intentar publicar mis libros y otras penalidades personales y familiares pero hace mucho tiempo que ya no miro hacia atrás”. Se le iluminan los ojos cuando se refiere a la revista “El Urogallo”, fundada, dirigida y financiada por ella misma que mostró y albergó, desde 1969 a 1976, lo más granado de la literatura universal, dando cabida en sus páginas a los mejores escritores de distintas nacionalidades e ideologías, con la sola exigencia de la calidad  como baremo. En aquella tarde no faltaron sucesivas alusiones al entorno familiar: su admiración por su hija ginecóloga -recién separada de su esposo, el ministro Boyer- y del apoyo y colaboración que siempre le prestó su marido Juan José Arnedo. También de quienes se empeñaban en presentarla como candidata para su ingreso en la RAE: -eran buenos amigos- dice, mientras trata de quitarle importancia al asunto. Ríe con ganas cuando recuerda  sus visitas a  la tertulia del Café Gijón de Madrid: “no era frecuente la presencia femenina, solo acudíamos de tanto en cuanto algunas atrevidas como yo. La verdad es que,  una vez todos juntos, los prohombres de letras y ciencias conformaban una bohemia algo aburrida. (…) ¿Si eran machistas? En grado sumo. Todos lo eran, aunque ya empezaban a soplar vientos de cambio. Su voz se rompe cuando revive la tragedia del hijo. “¡Pusimos tanto empeño en salvarlo!… pero no pudimos o no supimos. A consecuencia de todo ello me aislé durante unos años. Me era imposible seguir”. En este periodo de tiempo habría de analizar con desgarradora lucidez las lamentables circunstancias que se proyectaban sobre la sociedad y la juventud. De aquella conversación, de aquella tarde con la Soriano traemos hoy hasta MEMENTOS algunos rasgos esenciales de su emblemática personalidad. De la grandeza de su sabiduría y de la visión lúcida e irónica -nunca amarga- que ella tenía sobre el mundo que la rodeaba. Elena Soriano muere en 1996. Surgirían  más tarde homenajes, condecoraciones y sucesivos reconocimientos. Se escribieron tesis. Lo de siempre. Pero a ella le bastaba con la literatura: su mejor confidente y amiga.  

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