ÉRASE UNA VEZ UN ÁRBOL. (Almaria. 2)

                                                                                       ÉRASE UNA VEZ UN ÁRBOL

 Desde la más tierna infancia observé a mi padre plantando y replantando árboles. Chiquitos y grandes. Frutales sobre todo: manzanos, cerezos, perales, ciruelos, higos, piescos… El caserío de mi niñez estaba embosquecido de troncos más o menos corpulentos y de distintos ramajes. Por entonces yo también planté un arbolito pequeño -apenas si medía unos pocos centímetros- endeble y delgaducho. Creí que nunca crecería lo suficiente. Así que fui abonando con mimo su tronco hasta hacerlo más robusto. Fue concebido con delectación y curiosidad sobre todo. Poco a poco sus ramas iban adquiriendo distintas formas y diversas tonalidades. Llegué a creerme el único propietario de un ejemplar similar. Sus frutos nunca serían comestibles pero alimentarían como nadie mi fantasía; el deseo vehemente de aprender en ellos lo mucho que ignoraba. A pesar de la inexperiencia me hice con algunos recursos y preciadas ayudas para conseguir darle altura, fortaleza. Pero fue el deseo voraz de lectura quien mejor contribuyó a proporcionarle a mi árbol  forma e identidad. Siempre alardeé de usar la memoria con carácter selectivo. Es decir, el ir conformando (a la medida) un mapa de sensaciones. Del árbol de los libros fueron emergiendo itinerarios a los territorios más vírgenes. Cito -por orden más o menos cronológico- los primigenios títulos: El rey Midas (aquel gobernante de una lejana ciudad llamada Frigia que, dada su ambición desmedida, todo cuanto tocaba se convertía en oro. Aquel librito que procedía de una edición para niños de 7 años, me produjo una gran desazón. Otro tanto, pero con más enjundia y tendencia ideológicamente humanística, me sucedió con Corazón, de Amicis. Estructurado por su autor en forma de diario escolar incubaba en los lectores de 10 años un canto a los valores esenciales de la fraternidad y la bondad. Claramente ejemplarizante, el libro fue leído en todas las aulas escolares de la época. Alejado de las dos lecturas anteriores, La isla del Tesoro, de R. L. Stevenson, resultó ser una inmersión a la aventura. Viejos lobos de mar, bucaneros y piratas, significaron para los adolescentes de entonces iconos desafiantes de admiración desmedida. Pasión de búsqueda por tesoros escondidos. Sobre todo los de la imaginación. Y cómo no, Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, dos bloques literarios distintos, pero afines, que narran las aventuras de dos muchachos en mundos completamente opuestos. Estos cuatro libros fueron, entre otros menores, los que inauguraron aquel pequeño árbol de la infancia. Hoy ya se ha hecho mayor y cuenta con extensa arboladura. Nada me importaría más que, cuando me haya ido, siguiese en pie. Enhiesto y  entero. Sabedor de que su presencia en el bosque de mis sueños ha colmado mi vida de otras muchas.  

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