ENCUENTROS CON ÁNGEL GONZÁLEZ. (Mementos, 6)

Ángel González

 DE ALGUNOS ENCUENTROS CON ÁNGEL GONZÁLEZ

Para que él se llamase Ángel González como  poeta de excelencia, tendrían que transcurrir algunos años más. La primera vez que le vi fue en Oviedo en los los primeros 80. Me llamaron para presentarle en la sede de la Escuela de Comercio y he de confesar que no recuerdo con exactitud quien organizaba el acto. Sé que quedamos por teléfono en una cafetería cercana. Llegué primero y se disculpó por su retraso de 15 minutos. Andaría entonces por los 56 0 57 años. Recuerdo de aquella tarde la presencia, entre el público asistente, de una persona que, una vez finalizado el acto, se acerco a nosotros: “me llamo Isabel Viñuela y he venido a conocer a Ángel González. Le comencé a leer hace poco”. Isabel era poeta, aunque ella, modestamente, añadiese acto seguido que era solamente una aprendiz. Casada, ama de casa y madre de tres hijos, estaba ansiosa -ahora que los hijos ya estaban crecidos- de seguir adelante con su vocación. Pero Viñuela merece, por sí sola, un capítulo aparte. La segunda vez que coincidí con Ángel fue en Avilés. Ya me había hablado en aquella primera ocasión de su amigo Pedro Ávila al que conoció en México  y que había musicalizado poemas suyos. Tratamos entonces de la posibilidad de que actuase en Avilés. Y así fue. Ávila estaba en gira precisamente  con el espectáculo “Canciones sobre palabras”, dedicado íntegramente a su poesía. Recordamos de entonces cómo Ángel se subió al escenario y entonó, con buena voz, una conocida ranchera. Ese día venía acompañado de Susana, su mujer. Poco más tarde -últimos 80- volví a encontrarle como miembro de un jurado en el que se fallaba un premio de poesía. Le acompañaba Caballero Bonald.  Supimos entonces, como se ha dicho siempre, que no era solo la amistad lo que unía a los poetas del 50. La nocturnidad, el buen vivir y el beber, hizo el resto. Ese año el premio se lo había llevado un conocido poeta andaluz, el cual se presentó al mismo con nombre falso. Puestos al habla con el poeta ganador se descubrió el pastel. Al día siguiente, y en la estación de Renfe de Oviedo todavía se dilucidaba, entre poetas y organizadores si el libro se publicaba con su nombre o con el seudónimo usado para tal fin. Puestos de acuerdo. el libro se editó con seudónimo. Justo castigo para tan burda maniobra. Hace poco he vuelto a leer Prosemas o menos, un libro lleno de amargura y pesimismo donde Ángel pone de relieve lo desgarrado de la existencia: algunas veces. Cierto. Pero para que se llamase Ángel González tuvo que preguntarse muchas veces si, a pesar de todo, valdría la pena dejar el escenario “donde ya ni en el sueño/son los sueños posibles.”

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