CLAUDIO RODRIGUEZ: LA VERDAD PURA, SIN VELOS. (Mementos, 9)

Claudio. Biblioteca                                                                 ¡Ved: ya los sentidos / son una luz hacia lo verdadero!

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Situémonos: principios de otoño de 1981. Última hora de la tarde, casi noche. Sentando en un banco frente al mar, Claudio Rodriguez mira el golpear de las olas mientras evoca días de infancia transcurridos en esta misma playa. El poeta es de lágrima fácil y no oculta su emoción. El mar Cantábrico le seduce por “su bravura y arrogancia”. Claudio acude a la villa norteña para formar parte de un jurado que se dispone a premiar  un certamen poético. Horas más tarde, y durante la elección del libro ganador, el poeta zamorano vuelve a mostrar su talante emocional y apasionado. Si son diez los poemas  finalistas él no está dispuesto a conceder un único premio puesto que tiene palabras de encendidos elogios para alguno más. En el fragor de la contienda lírica Claudio defiende su elección haciendo una lectura de los mismos en voz alta. Los restantes miembros del jurado insisten en convencerle: sólo uno ha de ser el ganador. Hasta en esos momentos su sensibilidad y generosidad  extrema quedan al descubierto. Otro rasgo de su carácter se manifiesta cuando se lamenta ante su compañero -el también poeta Ángel García López-  de “pasar por los sitios sin preocuparnos de conocer a sus habitantes. Llegamos, cobramos y nos vamos sin más”. El poeta de Rota le responde con ternura como si tratase de convencer a un niño: “pero Claudio, no tendríamos tiempo de tomarnos un vino con cada una de las personas que nos vienen a ver o les interesaría conocernos. En cuanto al dinero que percibimos -que tampoco es mucho- se debe a la compensación de un trabajo realizado. Nos pagan por ello”. (Por entonces ya era conocida su afición a juntarse con la gente sencilla, gente del pueblo, perderse entre ellos preferentemente en las tabernas y lugares similares). No existió, ni existirá, poeta más querido ni más respetado por sus compañeros. Si existe un poeta tocado por el genio y la magia en la literatura española de la segunda mitad del siglo xx este es Claudio Rodriguez. En tan solo cinco libros dejó impreso un universo poético en estado de gracia. Nadie conjugó mejor lo sensible y lo selectivo, ni nadie mejor que él voló más alto en el pálpito íntimo del lenguaje. No se puede concebir estímulo más poderoso ni voz tan verdadera. Y ahí está su poesía creciendo en cada nueva lectura. Alguien dijo que todo escritor en español debería leer al azar un poema de Claudio antes de ponerse a escribir. Ahí queda como milagro de precocidad lírica sin igual su primer libro de poemas, Don de la ebriedad (Premio Adonais, 1953), escrito con apenas 19 años. Inevitable no personalizar en el recuerdo el timbre de su voz anunciándome la consecución de un premio nacional que él presidía.  Imposible no dejar de leer estos versos: “Y, sin embargo -esto es un don- , mi boca/ espera, y mi alma espera, y tú me esperas,/ ebria persecución,/ claridad sola/…” (1)

(1) Don de la ebriedad

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