DE LA QUE SE LLAMÓ TERESA DE ÁVILA (Almaria, 12)

Texto poemaYo le digo que me estoy deshaciendo por no tener  la libertad de hacer lo que es conveniente que yo haga.

No sólo no he sido -aunque lo tenía profesado- pobre de espíritu, sino loca de espíritu.

Firma Teresa

          Se llamó Teresa de Cepeda y Ahumada y vino al mundo un 28 de marzo de 1515 en Alba de Tormes.  Más tarde sería reconocida como Santa Teresa de Jesús o sencillamente como Teresa de Ávila, religiosa y fundadora de las Carmelitas Descalzas. Pero no todo acaba aquí. Teresa fue una mujer de espíritu revolucionario y libre, capaz de asumir grandes riesgos y vicisitudes. Decimos esto teniendo en cuenta el  tiempo que le tocó vivir. Tiempo en que los varones controlaban no sólo la historia, sino que, organizaban frecuentes luchas y enfrentamientos, empujados por una incontrolable e insaciable sed de poder -cinco siglos después, esa sed de poder sigue siendo una realidad infausta para el resto de la humanidad-. La mujer no contaba en absoluto para intervenir en la sociedad civil y mucho menos para formar parte de los círculos e instituciones religiosas. Pero Teresa supo hacer caso omiso  y sacar fuerzas de flaqueza para enfrentarse a las decisiones de la jerarquía eclesiástica. Todo lo dejó escrito en sus libros. Precisamente, en uno de esos textos, la religiosa acusa a muchos sacerdotes de “malos cristianos y negros devotos que destruyen los conventos femeninos y prohiben libros a las mujeres”. De hecho sus obras fueron censuradas. En 1559 se publica un Índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés. El resto de inquisidores -siguiendo instrucciones del mismo- desvalijaron  la pequeña biblioteca que Teresa tenía en el monasterio de la Encarnación. “Tenía la dignidad suficiente para ser oída y no sólo oyente. (,,,) No se paró ni ante la Inquisición y se enfrentó, entre otros, al arzobispo de Toledo y al de Burgos”. Son palabras de Máximo Herraiz, doctor en Teología y uno de los mayores expertos en el estudio de Teresa como mujer y escritora.

        Se llamaba Teresa. Y muy pronto será conmemorado el V Centenario de su nacimiento, lo que supondrá la celebración de centenares de actos y eventos que aguardan para su puesta en marcha. Hemos vuelto a leer parte de su obra y de nuevo nos ha impresionado el testimonio que en ella se nos ofrece. Mucho se escribirá, de ahora en adelante, sobre esta mujer inquieta y andariega. Quinientos años después aún sobrecogen las interioridades de su alma -¡qué gran cosa es el alma!, dice-, los arcanos procesos de su mística y el embebecimiento, lleno de lucidez, de su pensamiento. Es destacable el hecho de que, sin haber hecho estudios regulares, su curiosidad insaciable la llevó a leer y releer cuantos libros caían en sus manos. Ella, no se limitó a transmitir las tenaces reminiscencias que asaltan su memoria, sino que transforma, moderniza y crea -de todo cuanto recibió- un mundo literario de expresión genuinamente teresiano. Su nombre figura en el Catálogo de autoridades de la lengua, es Patrona de los escritores en lengua española y, asimismo, Doctora Honoris Causa, por la Universidad de Salamanca. La ocasión es propicia para asomarse a la lectura de títulos como: Libro de la vida, Camino de perfección, Las moradas del castillo (también llamado El castillo interior o Las moradas), Las fundaciones y Vida de Santa Teresa (escrita por ella misma y cuyos originales  se encuentran en la biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial). En estos volúmenes se reflejan sus preocupaciones y desasosiegos. Sus inquietudes más íntimas. Destacamos igualmente su obra poética y escritos sueltos, además de las 500 cartas publicadas en distintos epistolarios. 

         Ella fue llamada Santa Teresa de Jesús y fue elevada en 1970 a la condición de Doctora de la Iglesia, bajo el pontificado de Pablo VI. Pero nos interesa tanto o más la mujer -probablemente la primera mujer feminista dentro de la Iglesia- que apagó la sed de sus inquietudes en fatigosos viajes y conquistas. Ella,  que, aunque en su yo más profundo sabía que la historia la manejaban unos pocos, nunca consideró que tal realidad no se pudiese cambiar. Por eso abandonó la quietud de los conventos y se dispuso a caminar sabiendo que, “viniese lo que viniese nada le detendría, nada le podría espantar”.      

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